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Por qué vivimos tan deprisa


vivir rapido

Según avanza, la vida se acelera porque se llena de ideas, objetos, obligaciones, necesidades, compromisos…
Una de las razones de ir a todas partes corriendo, con la sensación de no llegar, es que dedicamos demasiado tiempo y energía a actividades superfluas, y que además nos falta simplificar el resto de nuestras tareas. Pero eso ¿cómo se consigue?

El primer paso es simplificar nuestras posesiones, para poder manejarlas con sencillez (es mejor ordenar una casa que un museo lleno de objetos en miniatura). El segundo es librarte de los compromisos que te impiden hacer lo que realmente deseas.

Pareja, amigos…¿cuándo los veo?

Según varios estudios, la reducción del tiempo para el ocio, la familia y las relaciones, junto con el aumento de las horas de trabajo, han originado un nuevo trastorno: el “mal de las prisas”, caracterizado por un desasosiego interior generalizado. Los síntomas son: nerviosismo, irritabilidad, ansiedad, neurosis, depresión, síndrome de fatiga crónica y bulimia.
La competitividad, la moda y los vertiginosos avances y cambios tecnológicos y sociales a los que debemos acomodarnos alteran nuestros ritmos biológicos, causándonos estrés y desorientación.
Además, la vida a contrarreloj nos lleva a una mala alimentación, a practicar poco ejercicio físico, a adquirir o perpetuar hábitos poco saludables y al consumo excesivo de alcohol, tabaco y otras drogas: factores de riesgo para los problemas cardiovasculares y el cáncer.

Los grandes aceleradores

Entre los elementos o tendencias que más aceleran nuestra vida figuran…

El bombardeo de información que generan los medios audiovisuales y que la mente es incapaz de absorber, causando ansiedad e impaciencia. La televisión nos forma una imagen de la sociedad y de nosotros mismos que está muy alejada de la realidad: no podemos perseguir la perfección tratando de ser más guapos, deportistas, triunfadores en el trabajo, la familia, la pareja…

Los ordenadores, que han acelerado los procesos, aumentando la exigencia de velocidad, y reduciendo la necesidad de reflexión. Las exigencias en los puestos de trabajo aumentan cada vez más, convirtiéndonos en máquinas al servicio de una empresa.
La moda, que impone una lógica basada en el consumo permanente, la seducción y diversificación. Y no se limita a la indumentaria, sino que se extiende a la cultura, la política y la economía, generando un cambio continuo que modifica el concepto del tiempo, acelerándolo aún más.
Las telecomunicaciones y transportes, que ofrecen en teoría más tiempo libre, pero que al final llenamos con más ocupaciones y más compromisos.
Las exigencias de productividad y eficacia, que obligan a aprovechar milimétricamente cada día pero agobian porque nuestro cuerpo no ha cambiado. Nuestros ritmos biológicos, actividad sexual, desarrollo y el aprendizaje infantil no pueden acelerarse indefinidamente.
El consumismo, que nos impulsa a adquirir lo que no necesitamos, a endeudarnos, a gastar más de lo que tenemos e incluso de lo que podemos ganar. Esta “cultura” de usar y tirar nos deshumaniza, y atenta contra el medio ambiente e incluso contra la supervivencia del planeta.


18 junio, 2015
Opiniones